La Ceguera- Jorge Luis Borges
"la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y sólo en eso" García Márquez
15 Noviembre 2009
11 Noviembre 2009
En su famosa conferencia sobre la Ceguera, el maestro Jorge Luis Borges contaba la siguiente anécdota: Durante sus casi diez años de docencia universitaria como profesor de literatura inglesa en la facultad de Filosofía y letras de la ciudad de Buenos Aires, sólo tres estudiantes repitieron el curso que daba el maestro Borges, y no porque fueran malos estudiantes, al contrario, estos estudiantes le solicitaron al maestro repetir el curso, porque así tenían el gusto de volver a recibir clases del gran escritor argentino, quien no necesitó nunca de la amenaza de las notas para que los estudiantes asistieran a sus clases, que a propósito siempre estuvieron llenas de alumnos entusiastas, o mejor, de seguidores.
Es comprensible desmoralizarse porque todos sus estudiantes no rinden de la manera que uno espera y entonces surge la pregunta: ¿Qué hacer para que atiendan a clase, hagan sus tareas y aprendan lo que se les enseña? La respuesta más común es que hay que amenazarlos con las notas. No soy idealista y tengo que reconocer que a veces hay que aplicar ciertas medidas para que los estudiantes sean responsables con sus obligaciones escolares, pero cuando la nota se convierte en el único incentivo del estudiante, es porque algo está fallando en el sistema educativo.
Es verdad que no todos somos iguales en cuanto a nuestras capacidades y que en una aula de clase inevitablemente habrá unos estudiantes que son mejores que otros. ¿Pero acaso el único incentivo que tienen los estudiantes para aprender es la nota?, ¿No es posible incentivarlos para que se entusiasmen por aprender? Ante todo no pretendo lanzar una crítica generalizada a los maestros, pues existen algunas valiosas excepciones que han conseguido cambiar la noción tradicional que se tiene del aula y del aprendizaje mismo, lo malo es que es una excepción, no la regla; y tampoco pretendo decir que yo tengo la solución a este problema, que por cierto no es nuevo, es tan antiguo como la pedagogía misma, sin embargo, no por lo antiguo del problema quiere decir que haya perdido vigencia.
Vivimos en un mundo muy competitivo, en donde el darwinismo social es la clave del éxito, desde luego en nuestro mundo el éxito es individual y se valora muy poco el trabajo en equipo. Pero la escuela no sólo debe formar a las personas para el trabajo (que es lo que la mayoría de la gente entiende por educación), sino que debe formarlas también para ser mejores personas, seres humanos con sensibilidad frente a la vida, en otras palabras, prepararlos para ser ciudadanos del mundo.
Es triste pero en nuestra sociedad la literatura, la pintura, el teatro y el arte en general están en peligro de extinción, para no hablar de la filosofía. Muy pocos jóvenes se atreven a llegar sus casas con la noticia de que quieren ser artistas, pues la pregunta obligatoria de los padres es: “¿Usted de qué piensa vivir?”. Aunque uno les podría contestar de igual modo: “Para qué vale la pena vivir si uno no puede trabajar en lo que verdaderamente le apasiona”.
En los últimos años se ha hecho énfasis en las competencias ciudadanas, como una herramienta para formar, no sólo la parte intelectual, sino también las actitudes y los comportamientos sociales de las personas. El problema es que mientras las pruebas evalúan el grado de honestidad de los estudiantes en el aula, los políticos de turno de nuestro país malversan los fondos que son necesarios para educar a estos jóvenes, precisamente para que sean ciudadanos y ciudadanas ejemplares; mientras se les habla en el aula de resolución pacífica de conflicto, vivimos diariamente los destrozos de una guerra endémica e irracional que lleva más de cuarenta años matando a colombianos contra colombianos, y que amenaza con convertirse en una guerra internacional. En conclusión, no hay coherencia entre lo que el estudiante aprende en el aula y lo que debe ver en su realidad cotidiana.
La sociedad no es lo que debería ser, el mundo no es lo que debería ser y en definitiva la escuela no es lo que debería ser. Por eso no es gratuita aquella famosa frase que reza así: “mi educación fue muy buena hasta que me la interrumpió el colegio”. Ni tampoco es simple casualidad que el filósofo colombiano Estanislao Zuleta tuviera que retirarse del colegio antes de terminar cuarto grado de bachillerato, pues el colegio le quitaba tiempo para estudiar a fondo la novela de Thomas Mann, la montaña mágica y la llanura prosaica.
Repito, sería muy injusto generalizar frente a este tema. En los escasos años que llevo en la labor docente, he tenido la fortuna de conocer algunos profesores que bien merecerían el calificativo de maestros, porque hacen grandes esfuerzos por convertir sus clases en lo que deben ser, una verdadera fiesta en la que uno, además de divertirse, aprende algo valioso para la vida. El reto ha de ser que estos casos episódicos se conviertan en algo cotidiano en todos los planteles educativos de nuestro país.
Jhon Fredy Suárez Solano
Profesor de Filosofía y Ciencias Sociales
Liceo Señor de los Milagros- Girón
Noviembre de 2.009
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->6 Noviembre 2009
Para no perder la memoria- Jhon Fredy Suárez Solano
(Fragmento)
La abuela se sienta sobre su silla de mimbre al lado de una mesa de madera, estira el brazo derecho y toma una taza de café caliente que ha sido preparado en el fogón de leña de su vieja casa. La vivienda es un monumento a la pobreza, sus muros de ladrillo sin frisar se elevan hasta el techo de zinc totalmente agujerado y podrido por el paso de los años, con absoluta certeza no conocieron albañil ni plomada. La casa fue construida tan cerca de una cañada que el paso constante del agua cerca de sus cimientos, ha venido pudriéndolos a tal punto que se vendrá abajo con el próximo aguacero torrencial, Dios no lo quiera. Quizá por encontrarse allí ubicada, en su interior despide un olor a tierra húmeda insoportable que se impregna en la piel y se hace más fuerte cuanto más adentro se está, dando la sensación de que uno está tan sucio como la casa misma. El piso es de barro pisado con unos turupes que se elevan como olas deformes que cicatrizan la superficie de la casa. La abuela, María del Carmen Leal Villabona, toma un sorbo de café, me mira con tristeza y comienza su relato.
A pesar de sus setenta y ocho años de edad su rostro aun no tiene tantos pliegues, pero su piel es como una hoja de pergamino en la que una historia triste se ha comenzado a escribir hace muchos años, y no tiene todavía un final porque se niega a dar por terminadas sus angustias; las manchas de su rostro curtido por el sol, así como su acento y la vitalidad con la que asume sus labores domésticas, me hablan de una mujer campesina, que vive entre patos, gallinas y codornices, que habla con las plantas como si fueran personas y que no le incomoda el olor a mierda que se desprende del gallinero. A los demás nos molesta porque no podemos vivir y ser felices en medio de su sencillez. Su mirada, pese a todos los dolores que han acompañado su existencia desde que tiene uso de razón, no es de tristeza sino de tranquila resignación, los ojos se le llenan de lágrimas cada vez que ve la foto, por lo menos cuarenta años más joven, de su difunto esposo. Ahora estoy escuchando sus aventuras, ella las cuenta con tanta pasión como si acabaran de sucederle, hago un esfuerzo por pintarme un cuadro con sus relatos pero no logro desprenderme de las imágenes que tengo del presente, sólo puedo vestirlas con las ropas del pasado, como lo hacen los actores en el cine; si tan solo pudiera ver a través de sus ojos negros, haría un recorrido en retrospectiva que me llevaría al año de 1.942, cuando a la edad de doce años, sus padres Jesús Leal y Anacelia Villabona, la obligaron a casarse con un hombre de cuarenta...
23 Agosto 2009
Soy uno de los afortunados que el pasado veinte de agosto estuvo presente en el lanzamiento del libro de poesía "Divagaciones para matar el tiempo", del escritor bumangués Jeyver Rodríguez, en las instalaciones de la Casa del Libro Total de la ciudad de Bucaramanga. En primer lugar porque es un placer escuchar los poemas por boca de su autor, escuchar los acentos, los silencios, los espacios, los sobresaltos y los momentos de excitación que produce su lectura y que sólo el autor puede interpretar de una manera tan convincente. En segundo lugar, porque su autor fue mi compañero de clases en la universidad y con él he tenido la fortuna de compartir puntos de vista, pequeños escritos y una que otra cerveza.
Divagaciones para matar el tiempo, es una hermosa melodía que le canta a la vida y a la muerte, a la eternidad y al olvido, al amor y al desamor. Sus poesías están llenas de pasión, desenfreno y nostalgia. Uno de sus poemas más bellos celebra la vida y no sólo los años que transcurren metódicamente a través de unos ciclos que se repiten. El poeta nos recuerda que celebrar la fecha del cumpleaños una vez cada trescientos sesenta y cinco días es un invento triste de nuestra pobre humanidad, deberíamos mejor, al estilo de Alicia en el país de las maravillas, conmemorar el día del no cumpleaños y así le rendimos culto al milagro de estar vivos cada día. No ha de celebrarse la cantidad de tiempo transcurrido, sino el instante que va pasando por nuestro cuerpo y se va pegando a nuestro pellejo como las escamas de un pescado. Porque el tiempo, parafraseando a Heidegger, no pasa sino que surge.
Otro de sus poemas nos dice: "Nadie es tan pobre como para no ser dueño de las cosas que ve". Ocurre con frecuencia que algunos de nosotros nos apegamos tanto a las propiedades, que olvidamos algo fundamental: Sólo tenemos como propiedad lo que acontece en el presente, lo que vamos viviendo, tocando, y sufriendo. No hay manera de diferenciar un recuerdo hermoso de una fantasía alocada, cuando ya no tenemos testigos a quiénes comprometer. Después de todo da igual que yo recuerde haber amado a alguien o que imagine que lo hice, si ese amor ha desaparecido lo mismo da, no vale la pena demostrar la diferencia.
El suicida que mató el aburrimiento, es un poema que causa risa aunque lo que dice no es gracioso. Confieso que reí, como casi todos los mortales a veces disfruto de la tragedia. El mundo y la cotidianidad, la suma de los días repetidos es algo tan aburrido y tedioso, que para salir de la monotonía y llamar la atención del público, hay que hacer cosas extremas. Factor X, cambio extremo, cambio, cambio, cambio... doscientos treinta y cinco canales dando vueltas por los vericuetos del control de la TV a las dos de la madrugada, buscando que algo cambie para que salgamos del anonimato.
Divagaciones para matar el tiempo es un homenaje a la palabra y al libro. Cada libro crea su propia comunidad de lectores, que es quizá, la mejor forma de hacer comunidad. Están los seguidores de Crimen y castigo, de Cien años de soledad, del Ensayo sobre la ceguera, y pronto, de Divagaciones para matar el tiempo. Cada libro es un espacio de diálogo entre los lectores y su escritor, pero el libro una vez sale de la imprenta, cobra vida propia y ya no es de su autor, pertenece a la comunidad de sus lectores. Por eso, me voy a aguantar las ganas de preguntarle a Jeyver, ¿Qué quiso decir en tal o cual poema? Es posible que ni él mismo lo sepa o que su libro se haya vuelto tan rebelde que se atreva a contradecirlo. Así que mejor he de preguntarle a su libro, voy a interrogarlo para que me diga todos sus secretos.
Jhon Fredy Suárez Solano
Profesor de Filosofía y Ciencias Sociales
Liceo Señor de los Milagros
Girón, agosto de 2009
22 Agosto 2009
Simposio de filosofía.
MACHISMO Y FEMINISMO
Liceo Señor de los Milagros-Girón
Septiembre 24 de 2.009
Habitualmente escuchamos en nuestra casa, en el colegio o en la calle, frases como estas: "Los hombres no lloran", "Mucha nena, ¿no puede hacer eso?", "Yo soy un macho y no me la dejo montar de nadie", "Mujer al volante, peligro al instante", "las damas primero", entre otras. Las escuchamos con tanta frecuencia que nos hemos familiarizado con ellas, pero si las analizamos con detenimiento, nos damos cuenta que son frases machistas. Si bien es cierto que las mujeres han venido incursionando progresivamente en las diversas actividades de la sociedad y ya no se les discrimina tanto como antes, a nivel cultural aun continúan siendo degradadas por nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios contra ellas. Tal vez ya no sea aceptado que un hombre tenga derecho a pegarle a una mujer o a tratarla como su propiedad, pero todavía se educa a las niñas para que sean "delicadas", "recataditas", "sumisas" etc., mientras que a los hombres se les alienta para que sean ordinarios, vulgares, pendencieros, mujeriegos, etc. Es evidente que aun vivimos en una sociedad machista que ha establecido unos estereotipos para hombres y mujeres y quiere encasillarnos en esos linderos, evitando que nos salgamos de ellos. Por eso cuando una mujer es atlética, competitiva y fuerte, suele decirse que es machorra. Si un hombre es tierno, delicado, romántico y pacífico, entonces es amanerado, un poco gay o simplemente es marica.
Aunque físicamente hablando, hombres y mujeres somos diferentes, algunas de nuestras diferencias se acentúan por el rol que históricamente hemos tenido que jugar en la sociedad. Durante miles de años las mujeres tuvieron que estar encerradas en las cuatro paredes de su casa, criando hijos y ocupándose de las labores domésticas, mientras su marido trabajaba para mantener la familia. Durante este periodo, las mujeres debieron que soportar los malos tratos de sus maridos y eran esclavas de los hombres.
Algunas personas todavía piensan que las mujeres son más débiles que los hombres, que su papel en la sociedad es simplemente ser madres y dedicarse a las actividades domésticas, mientras el papel de los hombres, "que son más fuertes", debe ser el de trabajar y llevar el dinero a casa para mantener la familia. Pero, ¿Acaso las mujeres no pueden hacer labores de hombres y los hombres labores de mujeres? En la sociedad actual cada vez es más frecuente ver a las mujeres trabajando a la par con los hombres y a los hombres compartiendo las labores domésticas con las mujeres, sin embargo, todavía se escuchan voces que culpan a las mujeres por haber salido del hogar, pues según dicen, ahora ellas han descuidado la educación de sus hijos y esa es la causa de la crisis de valores que actualmente se vive en la sociedad.
Toda esta carga de machismo ha generado su contraparte: el feminismo, que es un movimiento de rechazo a estos estereotipos impuestos por la sociedad patriarcal. El movimiento feminista busca acabar con la discriminación hacia las mujeres y la igualdad entre los géneros. Aunque algunos movimientos feministas radicales creen equivocadamente, que el problema del machismo son los hombres, y definen el problema como una "guerra de los sexos", desconociendo que es la sociedad la que educa a hombres y mujeres en una concepción machista.
En conclusión, no hay que dar por sentado que ya tenemos claro cual es el papel del hombre y de la mujer en la sociedad, eso hay que definirlo teniendo en cuenta que podemos ser diferentes pero teniendo equidad en cuanto a los derechos. De lo que se trata no es de saber si son los hombres o las mujeres las que deben mandar, ¿porqué unos han de mandar sobre otros en vez de trabajar mutuamente? El propósito es la convivencia en sana armonía, entendida esta no como ausencia de conflictos sino como resolución pacífica de los mismos. Este sería un gran aporte en la construcción de una sociedad más democrática. Alguna vez alguien decía que si se soluciona el problema del machismo en la sociedad, la mitad de los problemas estarían resueltos. Después de todo, cuando se maltrata a una mujer, se está maltratando a toda la humanidad.
Jhon Fredy Suárez Solano
Bibliografía
Machismo, feminismo, sexismo. El género de la discriminación. http://www.nodo50.org/mujerescreativas/Machismo.
2 Agosto 2009
Esta novela del escritor colombiano Fernando Soto Aparicio, es una historia de amor contada a tres voces, y en medio de ella se desarrolla una polémica aun sin resolver: la eutanasia. Zhara, Jesús y Alejandro, cada uno desde su propio punto de vista, hablan sobre el amor y la muerte, aunque este último lo hace precisamente desde la otra orilla.
Esta historia de amor profundo pero al mismo tiempo prohibido, nos muestra hasta que punto nuestra sociedad está aun anclada a los viejos preceptos moralistas que ha impuesto por milenios la iglesia católica. Presenta a una pareja de casados, Alejandro y Dolores, que pese a ser legítimamente marido y mujer, pues han cumplido el trámite del matrimonio católico, son un fracaso como pareja. Ella porque es tan fanática que cree que el sexo en sí mismo es pecado aun dentro del matrimonio, siguiendo los postulados de la iglesia católica y que sólo es legítimo como medio para procrear y nunca por placer, y por esta misma razón rehúsa acostarse con su esposo desde hace más de veinte años. Alejandro por su parte, pese a que ya no la ama, no es capaz de terminar una relación que le hace mucho daño y lo ha convertido en un cero a la izquierda, a pesar que es un reconocido cirujano plástico. La sociedad, en cabeza de la iglesia católica siempre se han opuesto a este tipo de relaciones extramaritales entre un hombre casado y su amante, sin tomar en cuenta que el matrimonio sólo es legítimo mientras el amor permanezca en la pareja, así que esta pareja, al igual que muchas otras, sólo se mantiene unida porque "lo que Dios ha unido que no lo puede separar el hombre".
En medio de esta situación aparece Shara, una mujer mucho menor que Alejandro, se enamoran y comienzan un romance pecaminoso desde los ojos de la iglesia, pero mucho más estimulante y enriquecedor que la farsa de un matrimonio invivible. Todo va bien hasta que un día Alejandro le confiesa a Shara que padece esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad que le paraliza los músculos del cuerpo hasta convertirlo en un vegetal. Alejandro ha dejado por escrito un documento en el que manifiesta su voluntad de que le ayuden a morir dignamente, sin embargo su esposa Dolores, auspiciada por monseñor Rubiales, se opone por todos los medios que los doctores del hospital ayuden a su esposo a morir, no porque lo ame, todo lo contrario, lo odia tanto que siente placer con el padecimiento horrible de su esposo.
La novela sienta una posición muy clara frente a la eutanasia, estableciendo que la vida es un derecho pero no un deber. Desde luego la Iglesia Católica siempre se ha opuesto a la eutanasia argumentando que la vida solo Dios la da y por lo tanto sólo él la quita, sin embargo el asunto es, ¿por qué Dios ha de sentirse feliz con el sufrimiento de aquel que debe padecer una muerte agónica? Este y otro ejemplos que menciona la novela, como la pederastia al interior de la iglesia y la manera como ésta la encubre, demuestra que dicha institución, pese a predicar el amor, la compasión y el perdón de los pecados, en realidad practica el odio, el resentimiento y el sufrimiento de los hombres.
El amor es el tema central de esta novela, un amor que, como dice el autor, es eterno mientras dure, pues es un amor prohibido y además limitado por la muerte, sin embargo que ha podido superarla, porque la muerte que Zhara le proporciona a su amado Alejandro, es una muerte piadosa y amorosa. Pero ¿es posible amar a una persona y al mismo tiempo ayudarla a morir? Una película española llamada Mar adentro, protagonizada por Javier Bardem, plantea el tema de la eutanasia en el caso de un hombre que ha quedado cuadripléjico veinte años atrás. En un momento en que Ramón Sanpedro, el protagonista de la película, habla con su novia le dice: "la persona que me ame ha de ser aquella que me ayude a morir". La vida es algo muy hermoso, no hay duda, y nadie quisiera morir ni que mueran sus seres queridos, así que cuando un hombre, con sus cinco sentidos puestos y después de haber meditado por mucho tiempo que no quiere pasar los últimos días de su vida como un vegetal o una molestia para sus seres queridos, decide que quiere morir, es porque la vida, su vida en sí ya no tiene sentido.
La novela termina con un gran interrogante, ¿después de la muerte quedará un resto de nosotros o todo desaparece para siempre? Las personas no mueren eternamente, siempre y cuando haya quienes las recuerden. De igual modo algunas personas, pese a que no han muerto físicamente ya se encuentran muertas en el olvido, muertas en vida. Por otra parte, morir no es el final es sólo parte del camino, al fin y al cabo todos hemos de morir, o como lo expresa sabia y poéticamente el autor: "así como todos los ríos son el mismo mar, todas las vidas son la misma muerte".
Jhon Fredy Suárez Solano
Profesor de Filosofía
Liceo Señor de los Milagros- Girón
2 Agosto 2009
"El Profesor" es un libro que inspira, una autobiografía de un viejo irlandés-norteamericano llamado Frank McCourt, que luego de ser soldado y obrero en un muelle, casi por azar del destino, se convierte en maestro de escuela. Su historia no es una cátedra de cómo ser un buen docente, es el resumen de su vida, sus experiencias, sus angustias, sus errores, pero también del espíritu juvenil que nunca abandonó, pues como él mismo lo dice, cuando uno es maestro, nunca deja de ser adolescente.
Frank McCourt no es un escritor profesional, es un maestro que se hizo escritor cuando ya se había jubilado de la docencia. Su primer libro (las cenizas de Ángela), salió a la luz sólo hasta 1.996 cuando el viejo maestro tenía 66 años de edad. La mayoría de sus amigos escritores comenzaron a temprana edad, pero él tiene su propia explicación de porqué tardó tanto en escribir su primer libro: < Estaba enseñando, por eso no tenía tiempo de escribir libros >. A diferencia de un profesor universitario que tiene relativamente pocas horas de clase, precisamente para que pueda tener una mayor producción intelectual, escribir libros, construir ensayos, dar conferencias, y demás; la mayoría de los profesores de secundaria y básica primaria, no tienen el tiempo suficiente para dedicarse a una actividad intelectual tan exigente como es escribir. Aún así, McCourt no se lamenta, al contrario, nos deja ver el profundo amor que le tenía a su profesión y el compromiso con el cual asumía sus clases. Se conectaba con sus alumnos y ellos con él.
En el mundo hay millones de maestros, ¿qué hace a Frank McCourt diferente a los demás? Parece paradójico, pero este hombre en vez de enseñar a sus alumnos gramática inglesa, que se suponía era lo que enseñaba, pasaba horas hablándoles entretenidamente de su historia de vida, de su infancia trágica en Irlanda, y cómo su familia tuvo que viajar a Estados Unidos en busca del sueño americano, un sueño que de todos modos no pudieron hacer realidad. < Me digo a mi mismo - dice McCourt - estoy contando historias y se supone que enseñe. Estoy enseñando. Contar historias es enseñar>.
McCourt reflexiona críticamente sobre los paradigmas de una época en la cual el ideal de un maestro era mantener una disciplina estricta en el aula, no hacer ninguna amistad con los alumnos y en todo caso, dejar muy claro que el estudiante no sabe nada y el maestro es el único dueño del conocimiento. Algunos maestros más conservadores opinan que es un error relacionarse de esa manera con los estudiantes. El maestro no debe ser amigo del estudiante, no debe hablarle de su vida, debe limitarse a dar su clase bien preparada y organizada. < No les cuentes nada sobre ti- dicen ellos- No hay que hacer bromas en clase >. Son aquellos maestros que dejan pasar una pregunta o una queja para continuar con su planificada clase. Sólo les interesa mantener el control, quieren orden, rutina y disciplina. Algunos docentes hasta dicen: "¡qué me importa lo que piensen los estudiantes de mí!", pues bien, sí es muy importante la opinión que tienen de su maestro los estudiantes, después de todo él no sólo educa con lo que dice, sino que educa también con su ejemplo de vida.
Parafraseando a McCourt, los estudiantes son expertos en profesores, cada cosa que digamos o hablemos puede ser usada en nuestra contra. Llevan años observándonos y nos conocen a la perfección, saben cuando mentimos y cuando decimos la verdad, saben si estamos asustados, si estamos intranquilos y a veces hasta pueden suponer que tenemos problemas en el hogar con sólo vernos entrar por la puerta del salón de clase.
Ellos saben cuando los maestros no somos coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. < Deben leer de tal a cual página para la evaluación de la próxima semana >, pero nunca nos ven leyendo ni siquiera el periódico. < Deben hacer un ensayo de no se cuantas hojas, o debes escribir tal trabajo para la próxima clase > Pero, ¿Cuántos maestros han intentado hacer un escrito propio o redactar un ensayo junto con sus estudiantes para ver qué tan fácil es? El mismo Frank reconoce que él siempre habló a sus estudiantes de la importancia la escritura, pero nunca hizo el esfuerzo de escribir un libro mientras fue maestro, sin embargo le gustaba la lectura y pasaba varias horas de su tiempo libre en la biblioteca.
La mayoría de las personas aspira a que su hij@ sea ingenier@, doctor o doctora, gerente de una gran empresa, etc., menos profesor. Tristemente, la profesión de ser maestro de primaria o secundaria, pese a ser una de las más difíciles, es una de las más vilipendiadas. Muy pocas personas valoran la importancia del trabajo que realiza un docente, nada más ni nada menos que formar seres humanos. Por eso, dice McCourt, <La enseñanza es la servidumbre de las profesiones>. Frank deja ver que el maestro es una persona de carne y hueso, con errores, pasiones, amores, desamores etc., y no esa persona fría que siempre tiene la razón, ante la cual los estudiantes simplemente tienen que callarse.
Aunque Frank McCourt no sea un escritor profesional en el estricto sentido de la palabra pues como ya se dijo, su escritura es tardía, incluso antes de escribir su primera novela ya la literatura había tocado su puerta de una manera extraña. Tuvo una niñez tan dura, que cuando comenzó a contársela a sus estudiantes, estos quedaron fascinados. La experiencia de vida de McCourt nos indica que cualquier persona, aunque no tenga mucho talento literario, podría llegar a ser un buen escritor, si es capas de poner sus cinco sentidos en alerta ante las innumerables historias que se tejen a diario en la vida cotidiana y que son como las uvas, esperan que las recojas y las pongas en un mismo cesto, las tritures, les saques el sumo, las dejes fermentar el tiempo necesario y construyas un delicioso vino literario.
"El Profesor", es el libro de un viejo rebelde, que se atrevió a replantear las reglas preestablecidas, se arriesgó a vivir su profesión con alegría y se hizo amigo de los estudiantes en el proceso. Es el maestro que es padre, madre, hermano, sacerdote, psicólogo, amigo, etc. Él mismo lo dice con algo de nostalgia: <Yo soñaba con escuelas donde los profesores fueran guías y consejeros, no supervisores de tareas>.
Al final no nos pide la lección, pero sí nos lanza un reto, haciéndonos la pregunta más fundamental que tenemos que hacernos todos los maestros: < ¿Qué es la educación, en todo caso?> Él no nos da la respuesta, pero si nos entrega la siguiente reflexión que hizo frente a su clase cuando era maestro: <Si no aprendieron nada es porque estaban dormidos en mi clase, y si estaban dormidos es porque soy un profesor muy malo>. No creo que alguien pudiera quedarse dormido, pues hacía todo lo posible por no aburrirlos con clases tontas en las que los estudiantes sólo memorizan unos contenidos para un previo y luego los olvidan. Tal vez sus muchachos no aprendieron mucho sobre gramática inglesa, pero siempre aprendían algo importante que les servía para la vida.
Jhon Fredy Suárez Solano
Profesor de Filosofía y Sociales
Liceo Señor de los Milagros
Junio de 2.008
2 Agosto 2009
Una mañana, Josef K se levanta con la sorpresa de que ya no es libre, un par de hombres le informan que está arrestado sin que él recuerde haber hecho nada malo. Cuando pregunta cuál es la razón para que lo detengan, los hombres manifiestan que no están autorizados para decírselo, o quizá tampoco lo saben; para hacer su trabajo no necesitan saber si al que apresan es culpable o inocente.
En El proceso, Kafka caricaturiza la burocracia de la justicia y por extensión, al Estado mismo. Se burla del sistema judicial por su ineficiencia, corrupción e ineptitud. El personaje de la novela, Josef K, padece los rigores del proceso, la incertidumbre y la fatiga, que lo llevan a descuidar su trabajo y su vida personal. Al principio, K. creía que todo era una broma de mal gusto, una obra de teatro montada por sus amigos el día en que cumple treinta años y que sus captores sólo eran actores. Piensa que todo es una farsa, pero poco a poco se va dando cuenta que no puede ser una broma, sin embargo sospecha que el proceso en sí al igual que los supuestos cargos en su contra, carecen de seriedad.
K. cree que vive en un Estado de derecho que se rige por las leyes y garantiza a todos sus ciudadanos un proceso legal. Por eso, aunque esté detenido sabe o al menos supone que tiene derechos. K. es un alto funcionario de un banco y tiene una estabilidad económica, por lo tanto se ve a sí mismo como un ciudadano ejemplar o al menos normal, eso hace más extraña su detención. Está seguro de su inocencia y se niega a creer que la justicia lo haya detenido arbitrariamente. Lo que K. y cualquier ciudadano del común cree es que el Estado debe tener una buena razón para detenerlo, de lo contrario no lo haría; en su caso esta suposición es equivocada y peligrosa, pues lo han detenido sin darle ninguna razón. En este aspecto, El Proceso nos recuerda la época medieval, en donde la Santa Inquisición, liderada por la Iglesia Católica, abría procesos contra cualquier persona acusada de ser hereje sólo con el testimonio de un par de soplones.
El arresto y el proceso de K. son extraños y aberrantes, pero lo que llama la atención es que a las demás personas les parece algo normal. Un aspecto inexplicable de la condición humana es que las personas terminan por acostumbrarse a las injusticias, hasta el punto que las toman por normales. Esa resignación ha hecho que los dictadores sientan que la gente los apoya, porque la indiferencia en estos casos es percibida por ellos como una aprobación a su sistema de maldad.
El Proceso es la representación de un Estado totalitario, en el que cualquier ciudadano puede ser retenido sin razón alguna, sin que sea necesario que haya cometido algún crimen. En el totalitarismo, un delito es lo que las autoridades digan que es, un sindicado se presume culpable hasta que no se pruebe lo contrario, lo cual casi nunca sucede pues una vez sindicado prácticamente las autoridades suponen que es culpable, dado que ningún ciudadano es inocente. Los carceleros también son coherentes con un Estado totalitario, sólo cumplen órdenes, no piensan, no razonan. Otro aspecto atípico de este caso, es que aunque K. se siente perseguido por la justicia, actúa con libertad, va al trabajo con normalidad y se desplaza a donde quiera sin que nadie se lo impida, no obstante, sabe que en cualquier momento lo van a detener. Esa misma sensación la percibimos cada vez más los ciudadanos en nuestras sociedades modernas, sabemos que no estamos presos porque nadie nos ha retenido y no hemos cometido ningún delito, sin embargo, siempre hay alguien que nos vigila a cada momento. Aceptamos que pongan cámaras en los bancos, en la calle, en las universidades, que incorporen sistemas de rastreo en nuestros teléfonos celulares; todo esto para que estemos más seguros, supuestamente, pero ¿podemos estarlo sabiendo que a cada momento alguien nos vigila?
En El Proceso, ni la defensa ni el acusado saben los cargos en su contra, ya que la ley en realidad no autoriza la defensa, sólo la tolera. Es más, el sistema judicial prácticamente quiere eliminar cualquier posibilidad de defensa. El proceso es secreto, los defensores no pueden acudir a las audiencias. Aunque se supone que uno tiene derecho a saber de qué se le acusa, quién lo acusa y cuáles son las pruebas, en el caso de K. todo permanece en un total hermetismo y misterio. Aunque es una novela de ficción que fue escrita justo cuando comenzaba la Primera Guerra Mundial (1914), guarda similitudes con la realidad que se vivió a lo largo del siglo veinte en varios lugares de la geografía mundial. El caso más reciente que recordamos es el de la cárcel de Guantánamo, en Cuba, donde algunos prisioneros llevaban casi diez años detenidos por el gobierno de los Estados Unidos en su "guerra contra el terrorismo", sin siquiera conocer cuáles eran sus cargos, sin derecho a tener una defensa, mucho menos visitas y ni siquiera sabían cuando obtendrían un fallo de la justicia.
Si Josef K. quería salir avante del proceso, debía comenzar por no sentirse culpable. Entonces, si K. está seguro de su inocencia, ¿por qué buscar ayuda del abogado, del pintor, del comerciante y de las mujeres? La razón podría ser que la justicia no actúa a favor del inocente sino del que más influencias tenga, porque ante los jueces nadie es inocente. Así que K. llega a la siguiente conclusión. <Si soy inocente, ¿para qué necesito de un abogado?> Por eso decide despedir a su apoderado. Pero el abogado es parte del sistema. El abogado actúa como el salvador que intercede ante los tribunales. El cliente deja de ser el que manda y se convierte en un sirviente del abogado, en un perro fiel. Así que aunque el abogado no de muestras de hacer avanzar el proceso en su favor, es imposible enfrentar el entramado burocrático sin la ayuda de un abogado, que en este caso es parte del problema y no de la solución.
Las mujeres juegan un papel especial, no sólo lo ayudan sino que lo quieren. Todas las mujeres que conoce se enamoran de él y tratan de ayudarlo en el proceso. A pesar de saberse inocente, K. busca toda la ayuda necesaria para salir avante, pero las únicas que parecen querer ayudarlo son las mujeres, aunque su relación con ellas es problemática, K. se da cuenta que tienen un gran poder y pueden corromper a cualquier hombre, incluso a un juez.
En un momento del proceso, K. llega a la angustiosa conclusión de que a veces es mejor estar encadenado que libre, pues la incertidumbre de esperar a que en cualquier momento lo retengan, es en sí mismo un castigo peor que estar preso. Esta idea es similar a la expresada por Dostoyevski en Crimen y castigo, cuando menciona que no todos los criminales se capturan de la misma manera y que a veces es más productivo cerrarles el cerco poco a poco, desesperarlos, hasta el punto que no soporten la persecución y resulten, no sólo entregándose sino confesando su crimen. Sólo que en este caso, K. no puede entregarse porque no sabe de qué lo acusan, pero ya está tan desesperado que preferiría estar preso, pues independientemente del resultado final, el proceso en sí se le ha convertido en un castigo.
Finalmente después de un año de proceso, lo retienen en su casa a la fuerza, lo llevan fuera de la ciudad, la policía ve que lo arrastran y no dice nada. Cuando llegan a un lugar en las montañas, le pasan un cuchillo, seguramente para que él mismo le ponga fin a su vida, como no lo hace lo toman y lo asesinan. Con el último aliento de vida, Josef K. nos interpela, casi nos hace sentir vergüenza porque somos testigos de una flagrante injusticia y no hemos hecho nada por ayudarlo. Lo han matado - "¡Como un perro!"- nos dice. Esta escena parece copiada de la realidad colombiana, donde las autoridades en ocasiones presencian hechos que atentan contra los derechos humanos, y hacen caso omiso y hasta se ponen de parte del verdugo y no de la víctima.
El hombre moderno es dominado por fuerzas que desconoce, pero piensa que es libre de usar su libre albedrio como mejor le plazca. Vivimos dentro de la Mátrix y por eso no podemos verla, estamos atrapados en un sistema social injusto pero no logramos romper con él. En mi opinión esta novela nos da un mensaje muy importante a los ciudadanos de este siglo y es que no podemos acostumbrarnos a las injusticias y a las arbitrariedades, aunque a veces nos cueste la libertad, pues la peor tiranía no es la de estar preso tras las rejas, sino la de no expresar nuestros pensamientos por temor al castigo o a la vergüenza pública.
Jhon Fredy Suárez Solano
Febrero 17 de 2009
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