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Literatura y Educación

"la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y sólo en eso" García Márquez

11 Noviembre 2009

Una lección extraordinaria - Jhon Fredy Suárez Solano

En su famosa conferencia sobre la Ceguera, el maestro Jorge Luis Borges contaba la siguiente anécdota: Durante sus casi diez años de docencia universitaria como profesor de literatura inglesa en la facultad de Filosofía y letras de la ciudad de Buenos Aires, sólo tres estudiantes repitieron el curso que daba el maestro Borges, y no porque fueran malos estudiantes, al contrario, estos estudiantes le solicitaron al maestro repetir el curso, porque así tenían el gusto de volver a recibir clases del gran escritor argentino, quien no necesitó nunca de la amenaza de las notas para que los estudiantes asistieran a sus clases, que a propósito siempre estuvieron llenas de alumnos entusiastas, o mejor, de seguidores.

Es comprensible desmoralizarse porque todos sus estudiantes no rinden de la manera que uno espera y entonces surge la pregunta: ¿Qué hacer para que atiendan a clase, hagan sus tareas y aprendan lo que se les enseña? La respuesta más común es que hay que amenazarlos con las notas. No soy idealista y tengo que reconocer que a veces hay que aplicar ciertas medidas para que los estudiantes sean responsables con sus obligaciones escolares, pero cuando la nota se convierte en el único incentivo del estudiante, es porque algo está fallando en el sistema educativo.

Es verdad que no todos somos iguales en cuanto a nuestras capacidades y que en una aula de clase inevitablemente habrá unos estudiantes que son mejores que otros. ¿Pero acaso el único incentivo que tienen los estudiantes para aprender es la nota?, ¿No es posible incentivarlos para que se entusiasmen por aprender? Ante todo no pretendo lanzar una crítica generalizada a los maestros, pues existen algunas valiosas excepciones que han conseguido cambiar la noción tradicional que se tiene del aula y del aprendizaje mismo, lo malo es que es una excepción, no la regla; y tampoco pretendo decir que yo tengo la solución a este problema, que por cierto no es nuevo, es tan antiguo como la pedagogía misma, sin embargo, no por lo antiguo del problema quiere decir que haya perdido vigencia.

Vivimos en un mundo muy competitivo, en donde el darwinismo social es la clave del éxito, desde luego en nuestro mundo el éxito es individual y se valora muy poco el trabajo en equipo. Pero la escuela no sólo debe formar a las personas para el trabajo (que es lo que la mayoría de la gente entiende por educación), sino que debe formarlas también para ser mejores personas, seres humanos con sensibilidad frente a la vida, en otras palabras, prepararlos para ser ciudadanos del mundo.

Es triste pero en nuestra sociedad la literatura, la pintura, el teatro y el arte en general están en peligro de extinción, para no hablar de la filosofía. Muy pocos jóvenes se atreven a llegar sus casas con la noticia de que quieren ser artistas, pues la pregunta obligatoria de los padres es: “¿Usted de qué piensa vivir?”. Aunque uno les podría contestar de igual modo: “Para qué vale la pena vivir si uno no puede trabajar en lo que verdaderamente le apasiona”.

En los últimos años se ha hecho énfasis en las competencias ciudadanas, como una herramienta para formar, no sólo la parte intelectual, sino también las actitudes y los comportamientos sociales de las personas. El problema es que mientras las pruebas evalúan el grado de honestidad de los estudiantes en el aula, los políticos de turno de nuestro país malversan los fondos que son necesarios para educar a estos jóvenes, precisamente para que sean ciudadanos y ciudadanas ejemplares; mientras se les habla en el aula de resolución pacífica de conflicto, vivimos diariamente los destrozos de una guerra endémica e irracional que lleva más de cuarenta años matando a colombianos contra colombianos, y que amenaza con convertirse en una guerra internacional. En conclusión, no hay coherencia entre lo que el estudiante aprende en el aula y lo que debe ver en su realidad cotidiana.

La sociedad no es lo que debería ser, el mundo no es lo que debería ser y en definitiva la escuela no es lo que debería ser. Por eso no es gratuita aquella famosa frase que reza así: “mi educación fue muy buena hasta que me la interrumpió el colegio”. Ni tampoco es simple casualidad que el filósofo colombiano Estanislao Zuleta tuviera que retirarse del colegio antes de terminar cuarto grado de bachillerato, pues el colegio le quitaba tiempo para estudiar a fondo la novela de Thomas Mann, la montaña mágica y la llanura prosaica.

Repito, sería muy injusto generalizar frente a este tema. En los escasos años que llevo en la labor docente, he tenido la fortuna de conocer algunos profesores que bien merecerían el calificativo de maestros, porque hacen grandes esfuerzos por convertir sus clases en lo que deben ser, una verdadera fiesta en la que uno, además de divertirse, aprende algo valioso para la vida. El reto ha de ser que estos casos episódicos se conviertan en algo cotidiano en todos los planteles educativos de nuestro país.

Jhon Fredy Suárez Solano

Profesor de Filosofía y Ciencias Sociales

Liceo Señor de los Milagros- Girón

Noviembre de 2.009

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Girón, Colombia
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Mi nombre es Jhon Fredy Suárez Solano. Soy profesor de Ciencias Sociales y Filosofía. Me gradue como filósofo de la Universidad Industrial de Santander (UIS) en el año 2.006. Me gusta la música de Ricardo Arjona, Fito Paez, Andrés Calamaro, Soda Stereo y Andrés Cepeda. Me gusta el fútbol, el cine, leer libros y escribir. Mis libros favoritos son: Ensayo sobre la ceguera y La Caverna de José Saramago, Crimen y castigo de Fedor Dostoyevski y el Túnel de Ernesto Sábato.

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