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La Coctelera

FILOSOFÍA PARA EL OCIO

En este espacio nos encontraremos en los ratos de ocio para compartir ideas sobre diversos temas: desde lo real y lo ficticio, pasando por la vida y la muerte, el amor y el desamor, la belleza y la fealdad, el fútbol y la literatura, en otras palabras, p

23 Enero 2010

Lanzamiento del libro Para no perder la memoria

 Enero 22 de 2.010

Lanzamiento del libro Para no perder la memoria

Primera parte

 Las personas que me conocen saben que soy muy distraído y tengo serios problemas para recordar las cosas más elementales. Me pasa con frecuencia que al llegar a la tienda o al supermercado, si no he tenido la precaución de hacer una lista de los artículos que voy a comprar, olvido por completo la razón por la cual estoy allí, a veces resulto visitando a alguien que nunca pensé hacerlo porque cuando me percato, estoy tocando la puerta de su casa. Tengo la manía de estarme tocando los bolsillos a cada momento, para corroborar que allí está la billetera, las llaves y el teléfono celular. Es por eso que prefiero comenzar a escribir mis memorias desde ahora, pues temo que si dejo esta tarea para la vejez, tal vez ya sea demasiado tarde y entonces haya olvidado hasta quien soy. No se si escribir sea un buen remedio para evitar el olvido, en mi caso a veces hasta olvido que he anotado cosas que debía recordar; así pues, si alguno de los presentes tiene la cura para la pérdida de la memoria, le agradezco que me la haga llegar lo más pronto posible, pero no es de esta memoria de la que vamos a hablar hoy.

Crecí escuchando a mi madre contar la historia más fascinante de su vida. Se había perdido a la edad de seis años y no sabía nada de su familia desde entonces, no recordaba nombres, caras, lugares, nada, su memoria estaba en blanco. Toda su vida alimentó la esperanza de encontrar algún día aunque fuera un pariente lejano que le ayudara a recobrar su verdadera, o lo que es más exacto, su primera identidad. Cuando tenía doce años y entré a la secundaria, comencé a recibir clases de mecanografía, lo primero que se me vino a la cabeza es que tenía que escribir la historia de mamá. Apenas sabía poner los dedos sobre el teclado y martillar con torpeza las esquivas letras, pero tenía la fantástica ilusión de escribir una novela a partir de esta historia. Obviamente no tenía la más remota idea de cómo se escribe una novela. Inventé los nombres de unos cuantos personajes y los ubiqué en unos lugares de los cuales sólo sabía sus nombres porque los había encontrado por azar en el mapamundi, había unos cuantos diálogos un poco descabellados pero el argumento central lo tenía muy claro, una niña perdida que busca a su verdadera familia. Recuerdo que alcancé a escribir una docena de páginas y ya se me había agotado la inspiración. La verdad es que no tuve mucha perseverancia en el primer intento, así que lo dejé. Desafortunada o afortunadamente se ha perdido para siempre aquel borrador primigenio.

Pero aquel fantasma seguía rondando mi cabeza y sólo esperaba el momento propicio para volver a aparecer en el camino para cerrarme el paso, no sólo como una posibilidad sino más bien como un deber inaplazable. Hace un par de años que el fantasma regresó. Estaba de visita en casa de mi tía María Helena y ella me mostró unas fotos que le había enviado su primo Francisco desde Bogotá, eran unas fotos antiquísimas de la familia, de mis tatarabuelos, bisabuelos, en fin, de los ancestros mayores. Mientras me mostraba cada imagen  iba contando quienes eran esas personas, qué hicieron, con quien se casaron, donde vivieron, etc., al final me dijo que su primo estaba recopilando fotos de toda la familia para hacer un árbol genealógico. Eso está bien, pensé, pero una foto en sí no dice mucho sobre quienes eran esas personas, aquí hay que escribir, hay que dejar testimonio de que existieron y tienen una historia que contar. Así que esculqué en el bolso que llevaba encima, saqué un cuaderno y comencé a tomar nota de todo lo que mi tía me contaba; iba anotando los nombres y las historias que le salían de su cabeza como expulsadas a presión desde los rincones más obscuros de su memoria. Yo estaba deslumbrado, les habían pasado tantas cosas a estas personas que acababa de conocer, pero que por el vínculo de sangre no eran del todo extraños para mí, era como si hubiese arribado por primera vez a una isla desconocida, no como conquistador sino como un humilde espectador. Esa mañana, luego de una larga entrevista con mi tía María Helena, llegué a la casa de prisa, compré una botella devino barato, me senté al computador y comencé a escribir para no perder la memoria. A los pocos días fui a visitar a mi abuela María del Carmen en su casa de Lebrija, ella me recibió con un delicioso sancocho de gallina y yo le devolví los honores con una larga entrevista que quedó consignada en mi cuaderno de apuntes.

Durante una semana no hice otra cosa que escribir, aproveché que estaba todavía en vacaciones y me sumergí de lleno en el proyecto. Sólo descansaba para comer, ver las noticias, o preguntarle a mi madre algún hecho olvidado que me ayudara a retocar la historia. Hoy, me siento muy feliz de ver que este trabajo ha dado sus primeros frutos, uno de los cuales es el de haber servido de pretexto para reunir en esta noche a mi familia, mis amigos, mis estudiantes y mis seres queridos. Pero debo mencionar que este libro no hubiese visto la luz de no haber sido por los aportes de mi abuela María del Carmen Leal Villabona, mi tía María Helena Suárez Acevedo y mi madre, Josefina Solano. Si ellas no hubiesen tenido la valentía de compartir conmigo su historia de vida, este trabajo no habría sido posible. Aunque traté de ser lo más riguroso para transmitir con mis palabras su mensaje, no dejó de colarse una que otra imprecisión, en todo caso no hay de culpar a ninguna de estas tres valientes, la responsabilidad de lo que aquí se dice es toda mía.

Muchas gracias.

 

Segunda parte

Mi padre es el primer narrador de historias que recuerdo; en mi infancia, sus historias fantásticas eran como música para mis oídos. Recuerdo sus relatos acerca de unos tunjos, una especie de niños encantados que sólo se le aparecían a inocentes como yo. Sin embargo, me aconsejaba él, en caso de que me encontrara con alguno de ellos, debía perder mi inocencia regando su cuerpo con mis orines, de esta manera estos tunjos dejarían de ser niños iguales a mi y se convertirían mágicamente ante mis ojos, en estatuas de oro. Creo haber escuchado que uno de nuestros familiares lejanos tuvo la fortuna de encontrarse con un tunjo y orinarlo y de esta manera consiguió amasar una fortuna. De hecho mi madre dice que cuando yo era pequeño tenía amigos imaginarios y ella supone que eran los famosos tunjos de los que hablaba mi padre. También me contó que cuando él era niño, casi todas las noches escuchaba que un fuerte golpe caía sobre el techo de su casa. Todos se despertaban luego de oír el estruendo, pero les daba miedo salir al patio para ver de qué se trataba. Una noche al fin se llenó de valor, bajó de su cama en medio de la penumbra y salió al patio para corroborar con sus propios ojos lo que sucedía. Lo que vio lo llenó de espanto. Un cuervo grande y negro estaba parado en el techo de la casa, los ojos eran rojos como brazas ardiendo y en vez de pico tenía una hilera de blancos dientes. Era la bruja, según le dijo la abuela al día siguiente cuando mi padre contó su terrorífico descubrimiento. Uno de sus hermanos estaba recién nacido y no lo habían podido bautizar pues aun no llegaban los padrinos que venían de una vereda lejana. La abuela en medio de su desesperación, buscó como padrinos a los vecinos más cercanos, no iba a permitir que la malvada bruja se llevara al más pequeño de sus retoños.

Cada noche me contaba una historia diferente. Luego de preparar la comida, cuando aun no se apagaban las brasas del fogón de leña, le pedía un relato nuevo. En medio de la oscuridad y los sonidos de la noche, sus historias me fascinaban y al mismo tiempo me helaban la sangre.  No se si los tunjos, la bruja y el malvado ogro de verdad existieron o si mi padre simplemente escuchó estas historias o se las inventó, así como la historia de que uno de sus primos era tan inteligente que logró fabricar un modelo a escala pequeña de un avión y lo hizo volar por más de una cuadra y después, en vez de ser premiado por su ingenio, fue expulsado del colegio y declarado loco.

Con el tiempo me fui dando cuenta que sus historias eran tan fantásticas que no podían ser del todo verdaderas, eso hizo que yo perdiera un poco de credibilidad en él, pero ahora que lo pienso de nuevo, me doy cuenta que toda historia no es más que los relatos que uno recuerda, tal vez mezclados con algo que nunca pasó y que tuvo que inventarse para que su historia no tuviera los huecos que a veces tiene nuestra memoria. Así que mi padre tomó algunos hechos verdaderos y los mezcló con su enorme imaginación. Tal vez lo más inverosímil e irreal de sus historias, era precisamente lo que me fascinaba de ellas. Al poco tiempo yo también comenzaría a imitarlo y a crear historias totalmente descabelladas, como que podía levantar enormes pesos a la edad de cinco años, pero llegando a los siete había perdido total y misteriosamente mi fuerza. Una vez cuando trataba de impresionar a uno de mis amigos contándole acerca de la increíble fuerza que poseía a los cinco años, pues era capaz de levantar varios kilos de peso, mi madre me sorprendió en flagrancia con un chiste nada alentador, <lo único que sí es capaz de levantar son varios litros  de tetero>.

  

Tercera parte

 Aquí crecí y he tratado de llevar mi existencia como mejor me ha parecido. No ha sido fácil, a veces me siento extraño en mi propio pueblo, incluso en mi propia casa. Aun así, este pueblo mío que es Girón me ha dado todo lo que soy, me ha visto crecer, jugar, aprender, sufrir, en una palabra vivir. Desde la orilla del tiempo en la que ahora me encuentro, miro hacia atrás con algo de nostalgia, de melancolía pero con la conciencia tranquila porque he vivido. A mi edad es más fácil mirar hacia delante porque hacia atrás no hay todavía mucho que contar, no es sólo por esa razón que no me gusta mirar atrás. Consiente o inconscientemente me he pasado la vida negando esa parte de mi pasado que es dolorosa, esa parte de mi existencia que siempre he querido borrar o que nunca quise que pasara. Las tristezas, las privaciones, los malos momentos de la vida. Quizá por esas y otras razones, pensar en mi pasado era pensar en cosas que quiero olvidar.

 Pero cuando tuve en mis manos las fotos de quienes fueron jóvenes hace mucho tiempo  y por necesidad de la vida han envejecido y han muerto para que otros ocupemos su espacio vital, para bien o para mal son mi familia, son mi pasado y son mi memoria, son las raíces, el tronco y las hojas de ese árbol del cual yo no soy más que una astilla, una cuña de madera. Frente a una copa de vino, bajo un cielo nublado y la casa sola, veo las imágenes reveladoras que a blanco y negro se encuentran sobre la mesa en aparente desorden. Se que estoy mirando al pasado, pero también ellos nos miran, me miran. Quise escribir estas memorias, no tanto porque esté interesado en que los demás sepan quienes somos sino porque es importante que nosotros lo sepamos. Parece absurdo que quien escriba su propia historia no se conozca a si mismo, sin embargo, si la historia es lo que se recuerda, cada recuerdo que pude desempolvar del baúl de mi pasado, me hizo vivir de nuevo, o mejor, me hizo recordar lo que ya había vivido y olvidado.

Espero que las historias de vida que aquí se cuentan, los inspire tanto como lo han hecho conmigo. Ojalá que este libro sea tan agradable para mis lectores, como fue para mí escribirlo. Creo que ahora he saldado una cuenta pendiente con mi pasado y el de mi familia,  ya podrá descansar en paz aquel fantasma que me venía atormentando desde niño, ya que he cumplido la tarea de poner por escrito lo que había que contar, de ahora en adelante estos personajes no podrán morir, se han hecho inmortales. Es la ley de la vida que todo lo que vive debe morir algún día, pero la palabra escrita no desaparece tan fácilmente con el paso los años. Pienso que si logramos mantener en la memoria a las personas que se han ido del mundo de los vivos, es porque no han muerto totalmente, siguen con nosotros, nos acompañan en nuestra soledad. Cuando haya pasado el tiempo, y los que hoy estamos aquí ya no hagamos parte de este mundo, quedaremos a merced de que algún  lector desprevenido, al encontrarse por casualidad con este libro en su camino, lo lea y devuelva la vida a estos hombres y mujeres que han quedado atrapados para siempre en el baúl de los recuerdos.

 Muchas gracias.

 

Jhon Fredy Suárez Solano

Tags: mis, escritos

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JOSE GREGORIO MONSALVE GARCIA

JOSE GREGORIO MONSALVE GARCIA dijo

MUY LINDA SU HISTORIA PROFE

13 Septiembre 2010 | 11:15 PM

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Sobre mí

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Girón, Colombia
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Soy Jhon Fredy Suárez Solano, profesor de Ciencias Sociales y Filosofía de la Escuela Normal Superior de Charalá. Me gradue como filósofo de la Universidad Industrial de Santander (UIS) en el año 2.006. En Octubre de 2009 publiqué mi primer libro "Para no perder la memoria" con la editorial SIC de Bucaramanga. Desde el año 2008 pertenezco a la Red Nacional de Talleristas de Escritura Creativa (RELATA) del Instituto Municipal de Cultura de la ciudad de Bucaramanga. Mi cuento "La metamorfosis de Medusa" fue publicado en la Antología Relata 2011" con la editorial Tragaluz de Medellín.

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