LAS NIEVES DE MI INFANCIA
En Girón hay un parque que se llama El parque de las nieves; cuando era chico y escuchaba a los adultos mencionarlo, me imaginaba que debía ser un lugar cubierto por una alfombra blanca, tupida por los pequeños copos de algodón que caían desde el cielo como en las películas gringas que veíamos en Navidad. Para entonces, todavía no entendía el asunto de las estaciones y mi imaginación de niño no reparaba en los pisos térmicos ni en las latitudes. Para mí el parque de las nieves tenía que tener nieve y punto. ¿Por qué otra razón los adultos iban a bautizarlo así?
Creo recordar, si la memoria no me falla, o mejor, si la imaginación no me ayuda demasiado, que en una ocasión cuando mis padres me llevaron al parque central de Girón, creí haber llegado a las nieves, porque vi una fila de artefactos ubicados en hilera a un lado del parque en los cuales se fabricaban los famosos "raspados", una especie de helados que para hacerlos tenían que poner un bloque de hielo incrustado en una forma de torno manual que daba vueltas mientras "raspaba" sus paredes y de esta manera se creaba mágicamente la nieve, un milagro artificial en nuestra tierra cálida, que por el lugar privilegiado que ocupa en el orbe, nos permite tener una temperatura más o menos estable todos los días del año, pero nunca nieve.
Tal vez en algún momento de nuestra infancia, todos los niños que vivimos cerca a la línea del Ecuador, y crecimos bajo la influencia de la cultura o más exactamente, de la televisión gringa, soñamos con ver un día nuestras calles cubiertas de nieve y salir en manada a armar hombrecitos blancos y amasar bolas que serían usadas como improvisados proyectiles. Cuando fui creciendo entendí que la nieve también era un problema en esos países "privilegiados" que tienen estaciones. Tapan las calles impidiendo el paso de los carros, mantienen a la gente encerrada en sus casas huyendo de la muerte blanca, algunos de vez en cuando no lo consiguen y mueren en las calles atrapados por una tormenta. Sí, en esos privilegiados países también hay habitantes de la calle. Eso termina con la magia de cualquier paraíso.
No recuerdo el día que perdí la ilusión, cuando me encontré de frente con la fría, o mejor, con la cálida realidad: No hay nieve en las nieves. Sin embargo, el parque no dejó de ser mágico por esta razón. En la parte alta, se encuentra ubicada la Capilla de las Nieves, que aparece en casi todas las postales turísticas de Girón, es allí, en esta iglesia, donde se casa la crema y nata de la sociedad bumanguesa. Es un lugar muy romántico, en especial por las noches, bajo la tenue luz de las farolas del parque que acoge por igual a los novios, a los hippies vendedores de manillas, a un grupo de rockeros y a uno que otro peregrino fumador de marihuana.
Este lugar mágico ha viajado en el tiempo sin mayores cambios desde la época de la colonia hasta nuestros días. Incrustado en medio de un pueblo que parece sacado de la España borbónica, de paredes blancas y de puertas marrones, bañado por un caudal de vías empedradas que son una maravilla para los turistas, pero un verdadero dolor de cabeza para sus habitantes, que ven cómo sus automóviles y bicicletas se van desajustando continuamente; un leve tributo que hay que pagar por el intento de conciliar pasado y presente
La imagen de esta capilla inspiró mis primeros intentos de ser pintor cuando era chico. Recuerdo que por aquellos días, le ayudaba a mi padre en el taller de carpintería, bueno, eso creía yo, pero lo que en realidad hacía era los bastidores de triplex que llevaba a la casa y en ellos pintaba mis dibujos con vinilos viejos que les robaba a mis primas y en ocasiones también se los pedía prestados. Durante algún tiempo la "pintura" rodó por las paredes de la casa de mi abuela, hasta que le perdí el rastro por completo.
Me aventuro a pensar que quizá el parque de las nieves es el lugar que más he recorrido de este pueblo (con excepción de mi casa, claro está). Al menos durante los últimos tres años y medio, este parque era lo primer que veía antes de irme a trabajar en el Liceo Señor de los Milagros, que queda justo en frente del parque. El Liceo también es otro lugar mágico, a su manera desde luego. Allí viví momentos increíbles, conocí a grandes amigos, compartí aventuras, sueños, algunos de los cuáles se hicieron realidad, aprendí y conté chistes y cuentos, y sí, de vez en cuando les enseñaba algo a los muchachos.
Durante casi toda mi vida crucé aquel parque, como si fuera un centro de gravedad al que uno debe volver después de todo; pero nunca se me ocurrió escribir algo sobre él. Ahora que estoy lejos del pueblo, extraño este parque y todos los recuerdos que tiene encima. Aquella frase emblemática de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, también puede tener un lado positivo, porque la distancia te obliga a reflexionar sobre lo que dejaste atrás, a valorar lo que ya no está y a replantear si la persona que eres ahora, todavía se parece a la que dejaste en aquel mítico lugar.
Cuando nos hacemos mayores y empezamos a desprendernos de ese pequeño monstruito que éramos cuando niños, nos comenzamos a dar cuenta que aquellos lugares mágicos, tanto los que nos hacían reír de felicidad como los que nos hacían orinar del susto, van desapareciendo y se van tornando cada vez más reales, es decir, más monótonos. Los lugares y las personas se van haciendo cada vez más cotidianas, más comunes y finalmente terminan por perder todo nuestro interés. En mi caso, puedo decir con algo de orgullo, que no he traicionado totalmente a los fantasmas de mi niñez y que algunos de ellos todavía me siguen acompañando a donde quiera que vaya.
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JHON FREDY SUÁREZ SOLANO
Julio 20 de julio de 2010
