El mejor maestro que he tenido sólo me dio un par de clases allá por el año 1.997 en un curso pre-ICFES que hice en la Universidad Industrial de Santander,  sin embargo, me cambio la vida para siempre. Paradójicamente  las clases que recibí de él pertenecen a una de las áreas en las que soy más débil: la matemáticas; y para terminar de completar la paradoja, hasta hace pocos días no recordaba cuál era su nombre y ni siquiera tenía una imagen clara de su rostro. Un incidente fortuito hizo posible que esta última parte de la paradoja fuera resuelta, se trata del maestro José Ángel Rueda.

En los largos años de colegio ningún profesor había logrado impactarme. No los juzgo, ellos hacían lo que mejor podían, pero para llamar la atención de una muchachada sedienta de aventuras y experiencias novedosas, despreocupada por alimentar sus neuronas pero afanosa por darle rienda suelta a sus hormonas, se necesitaba una clase diferente de educador.

La imagen que tenía de los profesores me cambió totalmente cuando conocí a José Ángel. El recuerdo que tenía de un maestro de matemáticas era el de una señora con cara de matona que en vez de infundir amor por los números, inspiraba terror por el álgebra de Baldor. Pero no sólo eso, lo que más me impactó de este señor, es que llegó, óigase bien ¡contento a clase matemáticas! y además comenzó a explicarnos los ejercicios, buscándole chiste a cada cosa que decía. La verdad no me acuerdo ya de nada de lo que aprendí  sobre la materia ese día, pero tengo claro que me divertí como nunca antes en mis más de once años de colegio. Era la primera vez en mi vida que la palabra educación rimaba con diversión.  

En la siguiente clase que tuve con él, que al mismo tiempo fue la última, hizo algo que me pareció muy extraño y conmovedor. Cuando la clase estaba por terminar sacó de su bolso un libro de poemas y comenzó a recitarnos, uno a uno, los que a su gusto eran los mejores. Al final nos contó que además esos poemas eran suyos. - Un momento- ¿un maestro poeta? Es más ¿los números y las fórmulas conviven con la poesía y no se matan? ¿Qué clase de maestro es este que hace ese tipo de combinaciones tan extrañas? De su boca oí por primera vez los nombres de algunos personajes que tal vez nada tengan que ver con los números, pero ahora ya no son unos desconocidos en mi biblioteca. En este momento se me vienen a la memoria dos: Dostoievsky y Kafka. Creo que lo que hacía maravillosa su clase, era su capacidad de hablar para un público que tenía diversos intereses, no sólo por los números.

No sé si algún día mi maestro lea esta carta, pero tengo que confesarle a José Ángel, con toda la vergüenza del mundo, que no aprendí nada de matemáticas ni de física, es más, ahora ya no estoy seguro de cuál de las dos materias fue la que me dictó la clase ese día. Pero de él aprendí una lección extraordinaria que no he podido ni pretendo olvidar. Nos dijo que si queríamos obtener unos buenos resultados en  las pruebas del ICFES, nos volviéramos buenos lectores. Ahí no hay nada diferente de lo que todos nuestros profesores nos han dicho siempre hasta la saciedad. La diferencia es que él nos aclaró que no se trataba de que leyéramos sólo lo que nuestros maestros nos mandaran a leer, sino que nos volviéramos amantes de los libros, lectores insaciables, en otras palabras, que leyéramos por placer y no por obligación. Bueno, ese mismo discurso lo había escuchado también de otros maestros o quizá de otras personas, antes o después de ese día, pero lo que definitivamente me convenció de que tenía razón, es la certeza de que yo quería ser como él y si para hacerlo tenía que volverme un buen lector, lo haría aunque me costara trabajo.

Aunque este episodio de mi vida ocurrió hace más de una década, me enseñó una lección fundamental. Aprendí que la clase puede convertirse en un pretexto del profesor para que sus estudiantes sean felices. Aquellos que tienen el privilegio de contar con un gran maestro, así no beban todo el caudal de conocimientos que se les proporciona, al menos aprenden a nadar en las aguas turbulentas de la vida, o cuando menos llevan bajo el brazo un buen salvavidas en caso de emergencia.

Lo que para José Ángel era un día más de trabajo, para mí fue el momento en que decidí qué hacer con mi vida, qué ruta debía tomar. Hoy llevo siete años enseñando, en la actualidad soy docente de filosofía y ciencias sociales en la Escuela Normal Superior de Charalá, y cada vez que me paro frente a mis estudiantes, me digo a mí mismo, ojalá que esto que yo les estoy enseñando a mis alumnos, les pueda cambiar la vida como a mí me la cambió este loco profesor, el maestro José Ángel Rueda.

 

JHON FREDY SUÁREZ SOLANO

Enero 18 de 2.011

Charalá